Siempre un paso más: una mujer se inicia en el talon

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A mis veintiocho añitos es un desperdicio estar encerrada aquí. Debo apechugar porque no hay trabajos de sobra, pero me siento como esclava ¡en cápsula de cristal antibalas!, atendiendo clientes desde una ventanilla corrediza. La rendija es delgadita, no más ancha que un cigarro, y larga como un consolador de los grandes. Me pasan los billetes, reciben las llaves, compran ánforas de Don Pedro o unos condones, algún aceite o juguetico para ponerle pasión.

Precipicio

Yo, cuando no hay nadie, cierro los ojos, y sueño con estar en la calle.

La chamba me la vendieron como de “recepcionista del Motel Gyn”. Vaya engaño de cuchitril. Me he tenido que aguantar porque los billetes menguan, aunque ahora me tengan haciendo de todo.

Y decir “de todo”, significa “de todo”.

Con decir que empecé de recepcionista, como ya lo dije, y de allí pasé también a ser la telefonista, hace mandados, busca alcohol, enciende cigarros, limpia baños, hasta despegar los malditos condones del piso de barro.

Es la suerte de los veintiocho años. ¿Qué se le va a hacer?

Digo, atractiva no soy, pero tampoco fea, un poco ensortijado de más el pelo, pero no es para tanto. Con decirles que mi mamá se puso contenta cuando conseguí el trabajo.

“Ya era hora de que pusieras dinero para la casa.” “¿No ves a tu padre, partiéndose el lomo todo el día?”. “¡Ahora consíguete marido!”

Me costó un juego de cubiertos cerrarle la boca. Ni que decir del procesador de alimentos. Y así seguí, y allí la llevaba, hasta que empezaron a cargarme la mano terminé regenteando el Gyn.

“Nomas te falta un paso…” — me ha dicho el dueño por las noches, mi-
rándome de arriba a abajo. Tiene bermudas, un sombrero raro y un cigarro también de los largos. Permanezco calladita, tal vez por tonta. De hombres solo recuerdo el dolor delicioso con un vecino, que hace años se mudó al poniente de la ciudad.

El dueño atiende a la clientela por las noches: dos hombres, dos mujeres, cuatro parejas, un descontrol. Cuenta los billetes frente a mí con una sonrisa oculta, desensortijandome un rizo jugeteando, despidiéndose apenas con un pellizco.

“Muy bien –me dice– nomas te falta un paso”.

No pasaron meses para darme cuenta que muchos hombres esperan en los cuartos a mujeres desconocidas. Averigüe que las contratan por teléfono, que las encuentran en el internet, que muchas de sus fotos son falsas… y no sé cuando fue que tuve la primera ocurrencia.

Decidí jugármela por fin con un rubio que llegó solo, pasada la hora del almuerzo. Como siempre, la chava habló para confirmar cuarto y cliente, con la diferencia de que en esta ocasión le mentí en la hora, para darme un espacio.

Normalmente él esperaría en la cama, ella tocaría la puerta, y después del trato los billetes al bolso y el revolcón que entretiene. Deseando gozar decidí suplantarla. Mientras me acicalaba al espejo, sentía un morbo peligroso recorriendo mi estomago.

Me abrió descamisado sin parecer sorprendido. Ni caso le hicimos al

ESPN, que continuó todo el rato prendido. Él no dijo nada. Tal vez estaba acostumbrado a las triquiñuelas del internet, aunque no quise averiguarlo, adelantándome a bajarle el cierre mientras me agachaba lentamente. Si me ahuyentó con un nalgadón no será por razones tersas. Si le ofrecí algo, al fin de cuentas, fue lo que las de paga no tienen: una cueva caliente de verdad, y un descuento no pactado que siempre se agradece. Y eso fue todo. Sin sorpresa, ni infortunio mayor.

Por la noche se asomó el dueño de nuevo a desensortijame el rizo. Y de nueva cuenta me despidió, casi riendo, chupándose los dedos puntiagudos como si fuera un cigarro, diciéndome que aún, me faltaba un paso.

Y yo regreso a casa por un camino largo, oscuro, solitario.

Ernesto Ramos Cobos

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