¿No es adorable?

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Me dijo su nombre y pensé que se estaba riendo de mí.
–En serio, me llamo Sonrisa. Es que mis padres eran jipis wanabí y, tú sabes, no podían hacer menos. En lo que a mí me toca, procuro no fallarle a mi nombre.

La adorable y la cucaracha
Mientras intentaba adivinar quién de mis amigos era el cabrón al que se le había ocurrido dejarme solo con el bicho, Sonrisa revisaba la cartelera de la cineteca. Quise encontrar alguna respuesta amable (“Mira, yo me llamo Ernesto Concreto, y tu nombre y tus padres me importan un pito”), pero claudiqué antes de lo que esperaba. Decidí guardar un silencio inescrutable.
–Huy, no me habían dicho que eras tan serio, ¿te gustan las películas de Kusturica? Ash, por la cara que pusiste supongo que no eres fan del cine de arte. No me digas más, soy muy buena para el jiuman mishuring. Mmm, a ver, de seguro no sales mucho porque eres tímido y te gusta más leer, tienes buen corazón y no has encontrado a la chica adecuada porque todas te han roto el alma. ¿Qué más? Te revienta la gente aborregada que mira los mismos cuadros, escucha la misma música y va a los mismos lugares. Y el gran final, tienes unas ganas locas de salir conmigo, siempre y cuando sea una chica dócil y sensible. No tienes que contestar, sé que le atiné, ¿nop?
–Verás, estúpida (en realidad, el «estúpida» se quedó en «est…», Sonrisa y la invencible metralla que traía entre los dientes me arrebataron la palabra).
– Sí, ya sé, est…ás muuuy sorprendido. Parque.
–¿Parque?
–Sip. Parque. Es la palabra que uso cuando alguien se sorprende de mis habilidades. Bueno, también la uso cuando no tengo nada qué decir. Cuando me da el bajón. Cuando me gusta una película. Bonita palabra, ¿no? Expresa tanto que no necesitas gastar saliva. Mejor que el glíglico.
– ¿A dónde fueron Jorge y los demás?
– Parque.
– Mierda.
– Ashh, qué rudo. ¿Por qué mejor no te sientas y adivinas de qué color son mis ojos?
Sí. Siempre soy un imbécil. Le miré los ojos con atención.
–Son café.
–Ja. Fallaste. ¿No has leído Desayuno en Tiffany’s, verdad?
–Fallaste tú. Aquí no hay ninguna Miss Holly Golightly.
–¿A qué te dedicas?
–Estudio ingeniería industrial.
– Qué weva. Disculpa que te lo diga, pero a sincera nadie me gana. Ni siquiera tú. Hace dos días leí tu blog. Qué cosa más desagradable. Lo tuyo es el plagio y parece que no tienes esperanza. Pero no te preocupes. Ya llegué a tu vida.
Sonreí.
–¿Perdón?
–Como lo dije.  ¿Notaste que no dije “Como lo oíste”?  Bien, como lo dije. Ya llegué a tu vida. Eréndira me contó de ti. Soy amiga de Eréndira. Luego leí el mentado blog.  Luego me presentaron a Rodríguez, a Iván y a Jorge. Allí decidí que estaba bien si me acercaba al bicho. Jeje, el bicho eres tú. Aquí está mi número.
–Creo que no estoy entendiendo bien– dije mientras aceptaba el papelito – ¿dices que te llamas Sonrisa?
–Sip. No me habían dicho que eras tan lento. No te ilusiones. Sólo será un rato. Unas semanas o un par de meses. Eso depende de tus avances.
–. . .
–Ash, ahí voy otra vez. Estudio psicología. Doy tratamiento gratis (bueno, las veces que salgamos, tendrás que cooperar con algo), te voy terapeando mientras te acostumbras a mí, te digo que es lo que está funcionando mal en tu pequeña cabeza de ratón, nos revolcamos algunas veces, y al final, cuando estés a punto de ser un chico sano y feliz, te rompo el corazón y me largo a otra terapia. ¿Empezamos?
Antes de estrechar la mano que me ofrecía, lancé una pequeña maldición a los canallas de mis amigos, apreté los labios, y ya sentía que la adoraba.

Tonatihu Torres Miranda

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