Largo fin de semana, un cuento futbolero

[Total:0    Promedio:0/5]

tacos_de_futbol
Cristian boleó sus zapatos desde una noche antes. Los apartó junto con un pantalón de vestir y una camisa. No llevó corbata porque por más que su padre le enseñó, jamás aprendió a hacer el nudo. Tomó su mochila, vestido con el uniforme del equipo. Salió de casa.

Para todos era normal que llegara temprano. Después de que respondió “me sirve para estudiar al rival”, dejaron de preguntar. Ni siquiera el entrenador llegaba tan temprano. De sus compañeros, ni hablar. Era la única razón por la cual lo respetaban en el equipo.

En el pizarrón de la tienda de la calle escribieron el horario del partido. “Pony vs Gatos Bravos viernes 20:00 horas”. El partido era importante porque los Gatos Bravos son de la colonia de enfrente. A lo largo de la semana, en la secundaria, se habló del encuentro. Tania se encargó de calentar los ánimos diciendo que al equipo ganador, su papá les pondría más chelas en sus mesas durante su fiesta de quince años.

En la colonia todos quieren a Tania porque su padre es dueño de una bodega en la Merced. Para nadie era extraño la cantidad de dinero manejado por la familia. Las camionetas hablaban por sí mismas. El señor tenía la firme convicción de que si su hija estudiaba en una escuela pública valoraría el dinero.

Cristian no se perdería la fiesta. Pocas veces cerraban la calle. Estaba emocionado por el partido, la fiesta y porque Sara le dijo que ese día sólo bailaría con él. Se gustaban desde primero de secundaria. Ya se habían fajado, de hecho, ella fue la primera a quien le checó el aceite, como se decía en la escuela.

Tania y Sara se caen bastante mal. A ambas les gusta Cristian, aunque Tania lo trata mal para disimular. Sin embargo, ardía en celos cada que lo veía besarse con Sara. Alguna vez fueron amigas, nunca se confesaron el gusto mutuo. Sara ni siquiera imaginaba que a Tania pudiera gustarle su novio, de hecho, antes de que dejaran de llevase tan bien, le confesó que Cristian le había metido los dedos, a la hora de la salida, cuando estaban bajo las escaleras de metal. A partir de ese día, la amistad se terminó, seguían hablándose, pero la hipocresía rondaba sus pláticas. Sara no entendía por qué y aunque le extrañó, encontró el refugio indicado en los brazo de su galán.

Cristian jugaba de defensa central, pero era banca. El entrenador sólo lo había metido en los últimos cinco minutos del primer partido de temporada, cuando ganaban 4—0. Durante diez fechas, su madre le repetía que dejara de gastar dinero en el arbitraje. No le importaba. Jugaba por orgullo a su padre. Él también era banca, quizá por eso nunca lo llevó a un partido. Tampoco tuvo el valor suficiente para destrozar la ilusión de su hijo. Le inventaba historias donde él era el héroe del partido. Cuando éste murió manejando el camión de la empresa, Cristian tomó su uniforme del equipo y tacos de futbol. Como usaba cartones de espinilleras, creyó exagerado guardarlos.

Gutiérrez, delantero de los Gatos Bravos y ex novio de Sara, iba en el tercero C. No dejaba de insistirle con que regresaran. Cristian lo odiaba y le pidió a su carnalito el Chanclas que lo lastimara, ya que él lo marcaría.

Tras el calentamiento, el Profe, como le decían al entrenador, contó catorce jugadores. No le preocupaba, sus muchachos habían aprendido a jugar con dos cambios. Les entregó sus gafetes, revisó que sus tacos estuvieran limpios y les dio el último impulso para entrar a la cancha. Era la semifinal, a una vuelta, lo que estaba en juego.

La fiesta comenzaba a las nueve. Cristian cargó pantalón, camisa de vestir y zapatos negros. Estaba recién bañado y se peinó con gel. Antes de salir de casa, frente al espejo y después de peinarse, se percibió guapo. No sería necesario regresar a casa tras el juego. Sabía que no jugaría.

Para evitar distracciones, como regla general en el equipo, se acordó que durante el partido todos los celulares deberían permanecer dentro de las mochilas. Antes de comenzar, Cristian revisó por última vez el aparato para comprobar si Sara le había escrito. Se percató de la poca pila que le quedaba. Decidió apagarlo.

El juego se presentó trabado en media cancha desde el inicio. Barridas, hachazos y rodillazos en los muslos hicieron que el primer tiempo terminara empatado a cero. En el entretiempo, Cristian le recordó su petición al Chanclas y aprovechó la distracción de sus compañeros con las indicaciones del Profe para prender el celular y escribir un mensaje a Sara “te kiero, morra”. Al terminar, lo apagó. Los jugadores regresaron a la cancha y jugaron tras el pitazo del silbante.

En veinte minutos, el Profe gastó sus acostumbrados dos cambios. El ansia carcomía a Cristian. Se arriesgó y prendió el celular. Sara respondió el mensaje “no lleguez tarde. Me boi a vañar”. El marcador no se movía.

Pelotazo, el Chanclas corriendo pegado a Gutiérrez, eran sólo ellos dos antes del portero. Se jaloneaban. Iban a máxima velocidad. El portero se adelantó. Gutiérrez controló el balón, el Chanclas perdía terreno. Poco antes del área grande el portero se barrió. Gutiérrez tiró un codazo al Chanclas abriéndole el labio. Los escasos segundos de distracción fueron suficientes para perder de vista la jugada y recibir de lleno los tacos de su compañero en la rodilla, quien se aventó al bulto tratando de tirar a los dos y detener la jugada. Por la inercia, el balón salió rebotado entrando en la portería. El silbatazo del árbitro indicó la ventaja, por un gol, de los Gatos Bravos.

Fue una jugada costosa para el Pony. Aparte del gol, el Chanclas se lesionó y pedía su cambio a gritos. Cristian tendría que suplirlo.

— ¡Cristian, para adentro!

Al escuchar al Profe, quiso escribirle a Sara para decirle que entraría a jugar, pero al oír los gritos desesperados del Profe, no tuvo tiempo. No apagó el celular, sólo lo aventó sobre la mochila. Entró, quería vengarse del Chanclas y terminar de una vez con las insistencias de Gutiérrez hacia con Sara. La porra contraria, formada por tres señores, gritó: “sale uno pendejo y entra otro más pendejo”. Cristian pensó que tenían algo contra él porque a nadie más le habían gritado eso. Desencanchado, dejó pasar dos balones para Gutiérrez siendo el portero quien detuvo sus disparos y mentándole la madre a su defensa central antes de despejar.

El gol del empate entró al minuto ochenta. El menos contento era Cristian. Los diez minutos restantes el Pony dominaba. Se jugaba en la cancha de los Gatos bravos. Cristian y Gutiérrez quedaban solos a media cancha.

— Me voy a coger a Sara.

— ¡Cállate, pendejo!

— Chingo mi madre si no la embarazo hoy.

— Te voy a romper la madre si veo que te acercas a ella.

— ¿Te dijo que fui el primero en meterle los dedos?

— Pinche Gutiérrez pendejo, no digas mamadas.

Los Gatos Bravos recuperaron el balón. Armaban la jugada de contragolpe. Pasaron el esférico a Gutiérrez. Antes de recibirlo, sintió el cuerpo de Cristian sobre él dejándose caer y gritando de dolor. La jugada no se detuvo. Cristian despejó.

— ¡Párate, pinche puto!

Gutiérrez no se levantaba. Su entrenador se vio forzado a cambiarlo. Al verlo salir, Cristian vio la mano derecha de su enemigo pintándole huevos mientras sonreía.

Todos escucharon el silbatazo final. Los tiempos extras eran inminentes. La mayoría de los jugadores que iniciaron el partido se tiraron en la tierra para recibir masajes y beber agua. Cristian corrió al celular para escribirle a Sara que llegaría tarde, pero el Profe le gritó para que asistiera a sus compañeros.

Dio inicio el primer tiempo extra. Constantemente Cristian volteaba a la banca contraria. No veía a Gutiérrez por ningún lugar. Pasaban los minutos. El sudor escurría por su frente. Se ensuciaba a cada barrida. Jugaba el partido de su vida pero pensaba en Sara. Lo esperaba en la fiesta. Llegaría tarde. Gutiérrez seguro ya estaba bañado. No podía perder más tiempo.

Se hizo el cambio de portería, sin descanso, al terminar el primer tiempo extra. El segundo tiempo tuvo la misma tónica de todo el partido. Hacia el final del tiempo, los Gatos Bravos harían un tiro de esquina. Era su último chance antes de los penales. Se cobró. Serie de rebotes. Gritos. Amontonamiento en el área. Cristian veía el curso del balón entre los cuerpos. Estaba pegado al primer poste. El balón llegó a él. Si despejaba, los penales eran inminentes. Disparó. El balón fue detenido por la red dentro de la portería. Marcó autogol. Sus compañeros lo odiaron. Querían matarlo. ¿Por qué había tomado esa decisión? El árbitro pitó. Los jugadores del Pony tomaron el balón y se acomodaron rápidamente en sus posiciones. El tiempo no les alcanzó. Un minuto después del festejo de los Gatos Bravos, finalizó el encuentro. Cristian salió disparado. Sujetó su mochila. No prestó atención a los insultos del Profe y sus compañeros. Corrió directo a la regadera de su casa.

Le urgía tanto llegar a casa de Tania, que olvidó cargar la pila del celular. Su madre intentó hablarle, pero no la oía. Al peinarse frente al espejo, pensó que ya no se veía tan galán como antes del encuentro. Salió corriendo. No escuchó a su mamá cuando le gritó que Sara le había llamado a casa.

En la fiesta, Tania lo recibió.

— ¡Cristian! Qué bueno que viniste. Te guardé un lugar cerca de mi mesa.

— Ah, hola Tania. Oye, ¿has visto a Sara?

— ¿Qué le ves a esa naca? Creo que andaba con Gutiérrez.

Cristian se encendió al escuchar esto. Los Gatos Bravos celebraban gracias a él. Música y risas. Baile, pláticas y arrimones sobre la pista. Sara no estaba por ningún lugar. El Chanclas, cojeando, le dio un golpe cuando estuvo cerca de él, “eres un pinche pendejo” le dijo. “Perdóname, pero tenía que ver a Sara”, contestó antes de verlo partir. Sus compañeros le respondieron “chinga tu madre, ya no eres del equipo” cuando les pidió chance de sentarse en su mesa. Gutiérrez se burlaba de él. Le dijo que Sara ya se la había chupado.

— Se fue llorando, cabrón. Le lastimé la garganta.

— Chinga tu madre, pendejo.

— Neta, wey, no pensé que le cupiera toda.

Al escuchar esto, le tiró un golpe a Gutiérrez quien lo recibió de lleno sobre el pómulo izquierdo. Defendiéndose a la inmediatez se trenzaron. Las parejas que bailaban hicieron un círculo dejándolos al centro. El reguetón seguía sonando. Los golpes continuaban. Ninguno cedía terreno. Los ánimos contagiaron a todos. El Pony quería venganza y se aventó sobre los Gatos Bravos. La campal se formó.

Botellas y platos volaban. Algunos adultos trataban de calmar a los muchachos. Los profes de ambos equipos, aunque en un principio bebían en la misma mesa, también se agarraron a madrazos. Viejitas y niños se pegaron a la pared. El calor del alcohol inspiró a que los hermanos, primos, tíos y padre de Tania repartieran putazos al por mayor. La mayoría iban dirigidos a los mariguanos que se habían colado sin invitación al festejo.

Cristian, tirado boca arriba sobre el suelo, no pudo más que recibir la tunda de puñetazos que le conectó sólidamente Gutiérrez. Empezó a sangrar. Para su fortuna, el Chanclas se compadeció de él y le quitó de encima, con un fuerte empujón, a Gutiérrez.

——¡Pélate, pendejo!— le dijo a Cristian.

En franco escape de la fiesta, Tania alcanzó a jalarlo.

—¿Por qué hiciste esto? Fue por la pendeja de Sara, ¿verdad? Ni siquiera vino a la fiesta.

Un par de desconocidos iban sobre Cristian, éste soltó su brazo de la mano inquisidora de Tania y echó a correr. Cuatro o cinco calles más adelante, dejó de escuchar pasos tras de sí, sin embargo se detuvo hasta llegar a su casa.

Las luces ya estaban apagadas. Mamá dormía. Entró directo a su cuarto. La camisa blanca teñida de rojo. Conectó el celular a la corriente de luz para poder prenderlo. Ahí leyó: “Mis papás no me dieron chance de ir. Me chingaron x reprovar español. Yo también te kiero. El lunes nos vesamos”.

Cristian aventó el celular. “Puta madre”, gritó. Se recostó sobre su cama. Berreando, pensó en tirar a la basura los tacos de su padre, no se merecía usarlos ni un partido más. Sentía la cara adolorida e hinchada. Un largo fin de semana de explicaciones a mamá estaba por llegar.

Deja un comentario