La prisión, el juicio: un cuento de horror de Analy Zárraga

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Nuestros grilletesLas sábanas la dibujan, se impregnan en las curvas de su cuerpo, la ansiedad de las manos por querer recorren sus formas quemaba. Ahí, tendida, vulnerable, forzosamente mía. La mirada endemoniada de mis ojos le pesaba, penetraba en su sueño, la agitaba; su respiración se aceleraba al ritmo de mi ira de magma que pensaba en aquellas manos que la habían saboreado, memorizado, como yo o mejor que yo. Me desquicio construyendo los cortometrajes pornográficos que ella jura desconocer, seguramente miente… y confesando la enfermedad que hierve por el pasado ya muerto, sepultado por su memoria: sus antiguos amantes. Por los que yo revivía el celo animal que ya atormenta, que me digiere vorazmente el alma que se aventura a amar, amar a la mujer de todos y con el reto diabólico de hacerla sólo mía.

-Y sólo quedaron los que no esperan nada y se disfrazan de algo- Guardo una navaja en el vigilante de mis sueños, el que huele tanto a caoba como si fuera recién comprado. Guardo una navaja para automedicarme, para curar el dolor de mi alma… ahora estás tú, igual de punzo cortante, igual de necesaria. Transpiro deseo, amor… posesión de bestia.

En cuanto despiertes voy a atarte, en metáforas y sin ellas. Ya no controlas esas preciosas piernas, ni las ideas de dejarme cruzan por ningún hemisferio. Ya no te llevarán lejos de mí, ya no. Hoy te declaro mía… hoy eres el antídoto, mi veneno en femenino, la aurora que quemará lo último que queda de esta alma pusilánime, dónde lo bien aventurado sólo fue leído en el nuevo testamento. Procuro hacerlo lento, no rozar tu piel, no quiero enrojecerla -no quiero lastimarte, sólo quiero… -¡Carajo! no debiste hacerlo, dejarme no era opción- musito a tu oído divagante. Sigues inmersa en los deleites de la droga y no despiertas, así que comienzo; amarro muñecas y tobillos. Mis dedos rozan tu piel y no son dignos de la suave seda transparente. Mis dedos no desean obedecer al ser rústico que te posee en crimen. Las yemas te acarician con la sincopa de la locura, con el obsesivo ir y venir del tiempo conjugado, con lengua de carbón ardiente, te pruebo el rostro, te beso las sienes embriagándome de tu presencia femenina, oliéndote hasta el enfisema que me provocará tu nombre, esperando la asfixia de los pulmones que se comprimen por la locura de mi te-amo sin ventura.

Desde la esquina más alejada de tu cuerpo contemplo el óleo, con ojos pletóricos, con las sienes palpitantes y te odio… te odio por las historias que me narra la mente donde cientos de labios pasan por tu vientre, ojos lascivos que miraron tu cadencia, por las manos que apretaban tus pechos. Y… yo… fui ojos lascivos, labios en vientre y manos que aprietan. Acepto que urdía en nuestros encuentros tu cese en el oficio de Afrodita; no te pregunté si lo deseabas, tal vez sólo era cuestión de plantearlo y me hubiera evitado tanto desquicie de neuronas pero… no, este amor que calcinaba las paredes de mi ser, exigía, me gritaba tenerte trágica y con la violencia demente.

Perniciosa frustración que desagua en la mar de muerte, en la mar de la nada, del tenerte y sentirme espurio para poseerte una vez más, de entrar en tu cuerpo inerme con la ventaja del cobarde que te tomará en tu muerte simulada y apenas mi mente lo recrea y comienza la imaginación tortuosa: el trepar de mis dedos gangrenados por el pecado de avaricia, que yacen al ardor de la piel viva, expuesta a tu estética divina de apariencia y consignada al inframundo por el vetusto oficio del yerro seductor; ir dejando la estela en tu piel lechosa, un camino de sombras que devoran cada poro perfumado de tu cuerpo, embriagarme por el vapor que expides aún dormida, ésta lengua acre que amargará la epidermis de tu gran manto femenino, se introducirá en los resquicios amables de tu figura y tu gesto se fruncirá por el trueno de los miles de nervios que te avisan placer, placer sin remitente, el cual no sabrás diferenciar del sueño de lo consciente, mi cuerpo se entregará a un latido rítmico, a un punzar doloroso y demandante, será visible en mi piel el pulso del demonio que me pide penetrarte, la sangre se contiene por las capas de piel que se enrojecen por tu presencia vulnerable, soy sangre en ebullición que se adelgaza, mi mente arde al pensarte tan mía, sólo mía, por hoy o por siempre, a mi voluntad esta tu camino. Mi cuerpo se postrará sobre el tuyo, haciéndolo embonar a tu anatomía forzosamente, tal vez te duele. Siento la alteración de tu apacible respiración, te envuelvo en mis brazos ácidos, con temblorosa desesperación (como quien toma entre sus manos a un ave que sabe que en cualquier momento podrá aletear y alejarse sin retorno) con la rigidez muscular de la desmedida posesión insana, mis brazos se contraen reduciendo tu cuerpo, te comprimo lastimeramente… sin darme cuenta.

Aún navegas en las drogas que inoculan tus sueños, manifiestas lo incomodo de mi presencia con gemidos quedos. Los latidos de tu cuerpo merman mi intento silencioso de perpetrarte, en cualquier momento explotarán en mi ritmo. Mi mirada se forja en tu silueta venusina, si abrieras los ojos, tu nombre eterno se tatuaría en mi sangre. Entre tus piernas me cuelo y mis manos desean nunca dejar de morir en ti y por ti. Colmándonos del sentido, en la capacidad del placer al máximo… piel con piel en una cama, sin sábanas para lo no convencional. Mis labios enrojecen el carmín de la puerta de tu alma, el ansia de saborear el néctar de tu vientre, mis manos desesperadas buscan no soltarte, mis manos buscan encarnarse siempre, impregnarme en tus poros, inmortalizarme en la memoria de tu piel, te lloro lastimero, me dueles tanto en la presencia como en la vaciedad de tu aliento, quisiera morir en sincronía y no soltarte al ver la luz o las sombras, me dueles en llamas entrañables. Me refugio en los huecos de tu tórax, te olfateo clasificando tus edades, te miro indefenso y adolorido, quisiera que despertaras y con dos palabras me cercenaras.

Las llamas del infierno del secuestro han mermado la adrenalina de lo prohibido, y me odio por caer en una leve, pero molesta situación de contrariedad y culpa, me provocas resequedad en el alma, al interpretar a la víctima, cuando he plagiado tu belleza en mis sábanas donde yace eterno tu aroma.

Una… (una…) dos, dos líneas de polvos de ángel. Anestesia cerebral, miocardio transformado en alfiletero. Cada vez me alejo más de ti, de tus carnes; la barrera de la moral se alza ladrillo a ladrillo ¿en que ecos de este cuarto de azotea se declara la voz de lo “correcto”? ¿Qué pared se ha vuelto la lupa de Dios? ¿Quién es el que ha sido secuestrado contra su voluntad? Te veo inconsciente de tu estar, tan sometida al dominio de un demente, inmersa en alucinaciones toxicas y me sorprendo paranoicamente de que ambos estamos sumergidos en la misma inconsciencia severa, que el demente que me tiene preso es el destino y el demente que te tiene presa está perdido. El pánico me aborda y me desnuda frente a esos mil amantes, ante estos ojos escudriñan la arritmia de mi pecho… que serenamente afirma que de una ninfa soy amante, el juicio de un dios que repudia, que me quita la razón y me salpica de pasión cuadrúpeda, de agonía anatómica, de taquicardia segundera. Las lágrimas secarán amarguras hechas estepa, no endulzan el gran velo que me desprenderá la retina de la moral, pero ya me ciega con la sencillez del instinto y me tiene, me tiene enfermo, me conservará por siempre en la cobardía del demente que jugó a ser tinieblas con luz incandescente y viviré con el grillete con el que me ha adornado tu muerte.

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