Yamilet debe morir

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Por Aarón Fishborne
Es consabido, ella debe morir.

Antes, ella intentó esconderse en las piernas de Yamilet.

Soy ella, dice, mientras le golpean la cara
con un palo de golf, antes, mucho antes de arrancarle las uñas.
Soy yo, Yamilet, la de arracadas doradas,
no me maten, soy mitad tú, mitad yo,
no me dejen desangrar como un cuerpo sin forma, exclama.
Antes los guardias de la Flor de Celofán Amarillo
habían descubierto un pene entre sus piernas.
Nos has engañado, gritaron, confundidos.
Te amábamos, y ahora, tendremos que prenderle luz al charco rojo de tu labia.

Yamilet, pidió una vez más le miraran a los ojos

y perdonaran su vida: soy yo, ¿no me reconocen?
su maestro de obra, al mismo que ayer le pintaron en los labios una paloma blanca.
Pero ellos, le colgaron de un poste
y desde la esquina de la calle dejaron caer una cerilla
sobre la gasolina roja y espesa, para que ardiera ese cuerpo que tanto apestaba,
más todavía que el petróleo,
e incluso más que toda la basura

de una manzana entera.

ahorcado en la ciudad

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