Después de la regadera

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Su cuerpo daba un giro desbocado contra la toalla blanca del hotel. Toda su humedad quedaría desecándose entre los finos hilillos como un regalo. La visita nocturna del vino ya había terminado y la magia de un último cigarrillo dignificaba su cuerpo de pelirroja. ¿Para qué llorar, si la noche era tan basta que una lágrima no le empañaría la conciencia? Había dejado pagada la cuenta. La dulce ponzoña corriendo por el alma es más dura que un clavo enterrado en la piel. Dolor, dolor, dolor. Resoplaba el humo como al veneno, con los labios todavía humedecidos. La ventana del séptimo piso la miraba toda abierta, sacudiéndose con el aire las cortinas. Abajo el pavimento le pedía un último beso. En la ciudad paraba de llover.toalla manchada

Rodrigo Murguía

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