Anonymous

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Don Seferino dio los 40 pasos acostumbrados a su cotidiano lugar en la banca.

Listo para leer su libro, tontear un poco en el parque, y, por qué no, examinar uno que otro cuerpo femenino ya fuera de su alcance. El ojo era su único órgano sexual restante después de todo. Pero tuvo un mal presentimiento cuando los cuarenta pasos se le hicieron cuarenta y uno. Tan mal fue que la cifra tan asentada en su cabeza se le volvió una palabra. Mal día. Hoy su rutina estaba rota y no podía ir sino hacia abajo. Dejo su libro y bastón a un lado.

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“Dicho y hecho” pensó cuando junto a él se vino a sentar un niño relamido. Niño relativo, tendría unos veinte años a lo mucho, veintitrés si es que la vida ha sido muy clemente con él. Pero niño para él. Traje gomoso, pelo elegante, zapatos relucientes, dientes boleados, gafas… vaya, todo un estereotipo a ojos de Don Seferino. Día arruinado, al menos intentaría leer. Tomó Las metamorfosis y revolvió las páginas hasta llegar a su separador. Miró el paisaje una vez, eso no se lo podía quitar. Árboles, Lago, Patos, Ninguna mujer —rayos—, Imbécil gominoso… Con horror contempló la boca del pasguato empezando a tomar aire para soltar palabras. Todo está perdido. Todo.
-Qué está leyendo señor?
-Las metamorfosis muchacho- dijo Seferino sudando todo mal sentimiento por los poros; evitando soltar todas las maldiciones del señor por su boca.
-¿En un libro, verdad?-
Hombre. Este muchacho es un jodido genio. Lástima, podría estar resolviendo problemas existenciales o desempeñándose como secretario general de la ONU, pero no. Sólo puede deslumbrarme a mí. No elegido por el señor, me imagino.
-Sí, muchacho. Leo en un libro, no tengo una revista o un folleto en mis manos.
-No, señor. Me refiero a otra cosa. A algo electrónico.-
El joven sacó de entre sus ropas, tal vez un chaleco, una camisa y una soberbia encarnada estaban debajo de ese traje también, un aparato pequeño. A don Seferino le pareció un celular. Gran cosa, sus nietos lo usan.
-Señor, le presento ya no el futuro sino el presente de los libros. Hay Kindles, Nooks, Ipad, y otras marcas pero a final de cuentas todos se pueden desempeñar o se desempeñan como e-books.
Tal vez si me quedo callado mi edad le haga creer que me quedé dormido.
– Así como usted trae ese armatoste que apenas puede cargar, yo traigo ya no cientos sino miles de volúmenes aquí. Toda la Ilíada está al alcance de mi mano, Toda la épica Hindú, todo el sentimentalismo Francés; vaya, hasta toda la falta de talento la puede encontrar aquí- El hombre soltó una carcajada que reprimió cuando vio al anciano sin siquiera un asomo de sonrisa o empatía en su cara.
-Es la maravilla de la tecnología. Nada de pastas estorbosas, adiós hojas frágiles y todo lo superfluo. Solo se almacena el texto. Es el poder de la tecnología.
Don Sefe estaba harto. Su rutina estaba destrozada. Bien podría hacer repelar a este creído por un rato.
-En serio, muchacho. ¿La tecnología?
-Claro, señor. La tecnología nos ha hecho otros. Somos anónimos.
-¿Anónimos?
El muchacho se levantó y le hizo señas de que lo acompañara.
Perfecto, el cabrón se cree un genio griego, un sofista. Ya qué..
Apretando su libro, el anciano comenzó a caminar por el borde del parque junto con el hombre. Alrededor los negocios se sucedían unos a otros. Restaurantes, Restaurantes, Cafés. Nada con interés para el anciano en verdad; las mujeres habían abandonado el parque, volviéndolo una tierra vacía, una Sodoma sin siquiera una estatua de sal que admirar.
-Le digo señor. La tecnología trae consigo grandes avances pero el mejor es del anonimato. Y a varios niveles. No sólo perdemos toda nuestra personalidad dentro de las pantallas sino que dentro de poco volveremos a ser uno. En las maneras de ser, en la moral, en la cultura, en nuestro gobiernos, en nuestro modo de ser. Estaremos conectados unos con otros. Seremos, al final, una masa sin nombre, con un control autodeterminado. Una anonimidad nueva: no de desconocido sino de uno. Pero para eso…-
El joven se quedó viendo al libro del anciano.
-Son cosas como ellas, como su libro, las que se tienen que ir. No soportan todo el conocimiento que yo poseo, por ejemplo, en mi tableta. ¿Qué es una mísera página suya, contra todo el compendio griego en mis manos, al alcance de mis dedos? El conocimiento seguirá, no se preocupe, pero será uno. Los autores, los lectores, los penitentes, los gozosos, cualquier grupo indefinible surgido alguna vez de la matriz de la expresión, todos ellos se unirán. Y seremos un yo supremo, irreconocible pero al que nos adaptaremos. Anónimos todos.
En nuestro interior Proust, Joyce, Homero, Camus, Saavedra, Shakespeare y más serán una sola línea infinita. Todos los personajes perderán sus matices para elevarse a algo más. El anonimato de la civilización al fin, al fin ,nos dejará tener a un Quijote enamorado sobre el regazo de una comprensiva Bovary mientras ven a Pantagruel bañarse en el mar Egeo. Claro, no serán nombres ni personas, serán anónimos. Uno solo.
-¿No le gusta esa visión señor? Un mundo sólo, ya sin nada que lo distinga. Perfecto, abstracto, icónico. Al fin fundidos sin fronteras. Adiós autor, adiós fronteras, adiós géneros, adiós humano. Hola comodidad del anónimo. Lo veo pensativo, es de pensarse. Pero es muy cómodo. En poco tiempo ni lo notará.
El joven paró de caminar. Excitado, veía al anciano cual insoportable niño expectante a una maravillosa respuesta.
La mente del anciano había parado. Sin remordimientos, ni odio, ni duda. Ya nada resonaba en su mente o su piel contra el joven.
-¿Sabes muchacho? Tal vez tengas razón. El anonimato tan sonado en tu boca nos alcanza ya. Es inevitable. Pero, ¿sabes por qué no llega?
El anciano miró su tomo de las metamorfosis, acarició sus pastas, delineó el título en ellas con sus yemas y apretó con sus dedos.
-No llega, porque un crimen siempre tiene una estela de nombre.
Inmenso y engullente fue el tomo a parar sobre la pared de vidrio de una de las tantas tiendas en el parque. Las cuchillas de vidrio parecían formar intensas figuras que destallaban ante el sol y animadas por un solo, ronco y sonoro ruido que las doraba de vida: la alarma de seguridad. Rugieron orgullosas su nueva vida. En el suelo, las metamorfosis yacían rasgadas por el impacto.
Viejo y nuevo. Sabio y proto-sabio, Extinción y evolución, saltaron a correr. Uno espantando y el otro con franco olor a excreciones en su traje. Ninguno de los dos podía ser atrapado. Atrás de ellos ya venían los dependientes, seguro. Por vejez y por orgullo, los dos corrieron.
El viejo rompió a carcajadas y gritó entre alaridos al joven:
-¿Y sabes qué más? Es una pena que algo tan brillante quede sin autoría. – exclamó mientras hábilmente hacía caer al suelo con una pierna sabiamente intercolocada entre los pies al joven.

A espaldas del anciano gritaban equivocadamente espectadores, criminal, dependientes y policías. La nueva gran obra de Anónimo estaba hecha.

Rui Caberta

Nació al lado de un arroyo. Desde jovencultivó la afición de estrellarse contra buzones, postes y otros objetos metálicos mientras aminaba leyendo. A últimas fechas, ha perdido uno de los dos Hobbies pero el otro dejó una marca irremediableen su cerebro, abollándolo. No se especificacuál. Sabe que morirá de alguna enfermedad venérea o humillante, probablementelas dos. Se guarda su edad para poder mentir cada vez que se lo preguntan.

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