Nicolasa

Norberto Flores

Al principio, Nicolasa atribuyó a la diabetes, la presión alta, y a la adicción a la mariguana la visión de la nube que bajaba a su pequeño jardín. La silla mecedora soportaba el peso de su cuerpo obeso cuando la neblina oscura la envolvió. No sintió miedo. Recordó las mañanas en la sierra de Zacatecas, cuando la niebla inundaba todo, se metía en las casas, en los sueños, en la vida de los lugareños… y luego se iba.

hojas de hierba de mariguanaAsí tenía que ser esta vez: la nublazón se iría, mientras el vaivén de la silla la arrullaba. Pero el aire empañado, húmedo, no se apartó del jardín: volvía la atmósfera densa y llena de humedad, de pequeñas gotas frías como el rocío. Nico, como la llamaban sus vecinos, no sintió miedo. Lamentó no traer los lentes puestos para levantarse y meterse a la casa.

Sin embargo, se puso en pie y caminó. No recordaba que el pasillo hacia la puerta de entrada fuera tan largo, ni que estuviera atiborrado de plantas. Más allá, dentro de la bruma, escuchó los sonidos de criaturas desconocidas, extrañas. En Zacatecas las lechuzas abundaban y se apoderaban de las noches con su canto que enervaba las entrañas. Pero estos sonidos enterraban agujas en la piel y sacudían los adentros.

Nico avanzó con los brazos estirados hacia el frente, las ramas la azotaban en la cara, en las piernas, y la lengua húmeda de la noche la embarraba. El silencio estaba detrás de los gritos que le erizaban la piel, la puerta de la casa no se atisbaba en lo absoluto. Avanzaba por instinto, porque la lógica le decía que en algún lugar, en medio de la atmósfera borrosa, estaba el mundo real, el que la sacaría de ahí.

Noventa kilos y un tramo incierto, inundado de la voz de la naturaleza, como si fueran lobos en medio de la noche, la separaban de la realidad.

Nico, los brazos extendidos, en el cogote una nada de miedo, un vacío a punto de estrenar y una voz que no era la suya ni la de nadie conocido… la voz…

El cuerpo de Niní, como le decían sus familiares, fue encontrado en su cama. Había muerto en paz, sin sufrimientos. Eso decían quienes veían su cuerpo inerte.

Sólo ella sabía que morir, era un espanto. Una bruma que baja sin avisar.
Mauricio Armando Rebollo
¡Ahhh! Qué mejor expresión, que una de alivio tras tan largo viaje. El nombre de la ciudad es impronunciable, como la sensación de tomar tanto transporte. De mi casa tomé un taxi hacia el aeropuerto; luego, obvio, el avión. Al llegar a la ciudad, un tren; para que al final un tipo carruaje me dirija hasta la puerta de este bello pero misterioso hotel.
Recuerdo la última, mas no lejana, vez que utilicé una habitación así. Fue cercano a lo caótico. No quiero entrar en detalles, porque si estoy aquí es justamente para empezar a olvidar lo sucedido. Espero que no se repita.
En la recepción hay poco personal. A decir verdad, en todo el edificio. La guapa mujer que proporciona las llaves, estaba a punto de quedarse dormida, pero al haber llegado le espanté el sueño. Noté algo extraño: había, junto con la mía, tres habitaciones ocupadas en todo el inmueble.
El ascensor estaba en reparación, así que tomé el camino de las escaleras. Ya en el décimo séptimo piso, donde se encontraba mi cuarto, decidí acercarme a la ventana, desde donde la vista es magnífica: una ciudad empedrada, cercana a lo lúgubre, en términos generales. En fin, con el cansancio acumulado, mi único objetivo era llegar a dormir. Y sí, ya estoy aquí, a punto de quedar completamente perdido de sueño.

Diez de la mañana, hora local. En mis rumbos, serían las dos de la madrugada. He descansado como no lo hacía desde hace casi un mes. Día dos, y a la luz del sol, el rostro de la recepcionista se ve cada vez mejor. Obvio, es más joven que yo. Calculo que debe tener veinticuatro. Con sinceridad, lo que más me ha gustado de ella son sus ojos grises. Bueno, también su cabellera castaña y su piel blanca. ¿Algún día me animaré a pedirle su nombre o su teléfono? ¡Quién sabe! Por lo pronto iré a hacer un recorrido por el centro de la ciudad.
Decidí caminar hacia el centro y justo aquí vengo. Llevo como diez minutos, y los recuerdos no dejan de atormentarme. Al parecer por aquí las mujeres son bellas por defecto, incluso las mujeres de treinta y cinco o cuarenta (más grandes que yo). ¡Hmmmm! Se me acaba de ocurrir que puedo ir a comer y luego a perderme a un garito o un bar de por aquí.

—Hola, ¿cómo te llamas?
— ¿Acaso importa?
— ¿Te molesta si te digo Katherine?
—No, y a ti, ¿te molesta si te digo Ian?
—En lo mínimo. ¿Qué tomas?
— ¿Te parece si algo de la botella verde que está ahí?
—Ahora te lo traigo.
Parecería que siempre tendré un gusto por las mujeres con ciertas características físicas. ¿Qué tiene Katherine? Es rubia, ojos verdes, una sílfide.
—Ten. Oye, ¿qué te parece si vamos a un lugar más cómodo?
— ¿Como cuál?
—Un lugar como mi recámara. ¿Qué dices?
Esa sonrisa traviesa me ha dado el sí, y es que con alcohol encima, cualquiera se anima. Cambiaremos el antro por mi cama.

—Entra sin hacer ruido, por favor—
Por lo vacío que se encuentra el hotel, es fácil detectar quien entra y quien sale, y no quería que se enterara la recepcionista sexy.
—Por ahí, rápido y calladita.
Es difícil que alguien en estado etílico se controle, pero lo logramos. Hemos logrado subir por el elevador, cosa que no se había podido ayer. Da igual. Llegamos al “mirador”. ¡Shit! Se ha ido la luz. ¡Coño! ¿Pero qué pasa?, joder.
Bueno, Katherine me ha abrazado. Supongo que por miedo. De menos alguien viene a arreglarlo, porque parece que es sólo en el piso 17. ¡Fuck! Las luces parecen intermitentes y mi cita se ha vuelto a correr.
— ¡Hey! No te vayas, está cerca mi habitación. Espera.
Por fortuna, tal vez involuntariamente, tiene confianza en mí.
¡Ahhh! Qué mejor expresión, que una de alivio tras unos momentos tétricos en el pasillo. Hemos entrado. En la maleta traigo siempre, —nunca salgo sin ellos—, unos amigos: profilácticos (por cualquier cosa), una libreta y un bolígrafo, lentes de sol, tarjetas de crédito y una navaja.
—Espera, deja voy por algo para protegernos, ¿te parece?
—No, ven, hagámoslo así. Yo estoy sana.
—No quiero arriesgarme.
¡No de nuevo! Empieza esa extraña sensación, esa sensación de hace un mes, en mi última visita a un hotel. Ese frío en todo el cuerpo, el cosquilleo en el estómago y las enormes ganas de asesinar a una mujer.
¿Lo suelto o no lo suelto? ¡Carajo! ¡Decide rápido! ¡Rápido, los condones y la navaja! Escóndelos bien.
Mi lucha interna es exhaustiva, no puedo con ella. Al final ha ganado mi alter ego y sucumbo ante mi necesidad de sangre. Sin duda es una sorpresa encontrarla en topless en el minibar de la habitación. Sólo aumentan mis ganas.
La tomo por la cintura, llevo mi mano derecha a la bolsa trasera de mi pantalón, saco el filo de la navaja. Tenerla de frente ha servido para acelerar la muerte. La encajo en la boca del estómago, ahora. No quiero deformar sus bellos pechos. La navaja debe quedar perfectamente limpia, pero antes, un navajazo más.
Listo, calculo que morirá en diez minutos; mientras eso sucede, iré a lavarme las manos.

Se ve tan bella, dormidita, tranquila. Así me gustan más. ¿Qué tal unas toallas húmedas para limpiar la sangre? Mmmm… así está mejor. No, espera, la ropa estorba. Ahora sí, necesito los condones. No debes dejar rastro de lo que has hecho.
¡Hmmm! Jamás había imaginado que tendría sus piernas en mis hombros y mi lengua en su vagina. Ya, a lo que vine. La penetro como nunca lo había hecho con alguien más. Sus senos se mueven al compás de la desesperación por la abstinencia de un mes. Y sólo va media hora.
En estos segundos se me ha ocurrido una genial idea: ¿por qué no hacer un trío e invitamos a mi sexy recepcionista? Sólo debo ponerme bata y calzoncillos. ¿Qué excusa inventaré para que acceda a subir a mi habitación?

—Hola, señorita…
—Russell
—Russell. Necesito de su ayuda, creo que nadie más puede hacerlo
—Dígame en qué puedo ayudarle
—Hay un problema con mi llave y unos papeles
—Sí, tráigalos
—Ese es otro problema, no puedo traerlos porque los he extraviado. ¿Puede ayudarme a localizarlos?
—Habitación 1709, ¿verdad?
—Así es.

Sí, es tan excitante lo fácil que fue, primero saber, por lo menos, su apellido y luego, convencerla de subir. Aseguro la puerta para evitar que escape. Corro por mi fiel compañera de atrocidades. Escucho un ahhh desgarrador; parece que se ha dado cuenta de lo que pasó hace minutos.
—Pero señor Michaels, ¡¿qué es lo que ha hecho?!
—Mmmm… la llave sólo era un invento. Era obvio que no nos acompañarías. Ven, quítate la ropa y siéntate aquí.
La pulcra imagen de Russell me decía que no lo haría, y tengo que obligarla. Una mujer tan bella no puede escaparse de mí.
Acto instintivo de mi parte, es estrellarle la cabeza contra la pared. ¡Qué curioso! Será innecesario utilizar la navaja, dejó de responder y respirar. Parece prudente repetir el proceso. Adiós ropa. Debo confesar que entre más frío esté el cuerpo, más me excito.
Sus pezones se ven muy rosados, es entretenido jugar con ellos. Ella es la única mujer que no tiene vello púbico. Y de nuevo debo abrir un condón; esencial de un asesino deshacerse de las evidencias. Mi pene apunta hacia su vagina y con fuerza la penetro. ¡¿Qué carajo?! Sale mucha sangre, parece que era virgen.
En cuanto termine, debo preparar mi partida, nadie debe saber de todo esto. Debo dejarlas desnudas, descansando en la cama de la habitación. Debo empezar a olvidar estas cosas, debo dejar de hacerlo, con ellas ya son 17. Listo, terminé.

¡Ahhh! Qué mejor expresión, que una de alivio tras tan largo viaje. El nombre de la ciudad es Stuttgart. Recuerdo la última, mas no lejana, vez que utilicé una habitación de hotel. Fue cercano a lo caótico. No quiero entrar en detalles, porque si estoy aquí es justamente para empezar a olvidar lo sucedido. Espero que no se repita…

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