Una muerte absurda

Entre al Túnel de la estación Ricaurte y me tropecé con un centenar de personas que subían y bajaban, caminan tan rápido sin mirar a ningún lado, todas ellas reflejaban en sus rostros terror, angustia, estrés y mucha ansiedad sin embargo yo seguí  de nuevo con mi camino.  De repente estuve en el lugar donde siempre cogía la ruta del trasmilenio B12. Muchas manos sujetadas a barras de hierro tenían como objetivo principal llegar a su origen de procedencia que los hace huir y caminar tan velozmente para poder descansar.

De un momento a otro en medio de tanta gente de pie, sentada, unos amontonados sobre otros,  logré  percibir un hombrecito un poco raro, aparentemente idiota iba sentado en la última silla del transmilenio desarrollando ecuaciones matemáticas, tan concentrado estaba aquel pobrezuelo que ignoraba las estaciones que  tan rápido íbamos cruzando, tal vez lo  hacía porque pensaba y se creía un ser absoluto,  ignoraba que estaba rodeado de personas estresantes y bobas incluyéndome a mí; pues lo único que lograban murmurar aquellas cabecitas viajeras  era renegar de aquel transporte fatal  el transmilenio y  que también anhelaban ansiosamente poder llegar a sus humildes posadas sanos y salvos.

[quote] logré  percibir un hombrecito un poco raro, aparentemente idiota iba sentado en la última silla del transmilenio[/quote]

Aquel hombrecito el único escape que tenia de toda esta gente malhumorada era aquel rinconcito del vagón  en donde  huía  del tiempo y los minutos pues tenía como objetivo terminar sus ejercicios matemáticos pues se le veía toda la prisa que tenia por el movimiento que ejercía con sus deditos sobre el lápiz y la calculadora.

Atravesamos la estación Toberin, luego la estación Cien y llegamos a la estación de la Castellana, yo había llegado al lugar de mi procedencia y ¿cómo me hubiera gustado bajarme y seguir aquel hombrecito tonto que producía en mi una serie de sentimientos complejos y tormentosos?, pero en el momento en que debía bajarme en la estación de la Castellana miré los ojos negros y chiquitos de aquel hombrecito que me remitieron  a un triste y lejano recuerdo,  probablemente porque sus ojos se parecían tanto a los ojos de aquel buen señor Francisco  que un día me dio la mano.

Recuerdo que estaba en una situación económica muy catastrófica y no encontraba salida ni por un pequeño agujerito, entonces solía salir a montar bicicleta y se me vino a la mente llamar una persona que significo algo en mi vida en algún tiempo y que de una u otra manera dejó huellas con acciones muy valederas para mí; recuerdo que saqué el teléfono móvil del bolsillo de la chaqueta del gabán negro que me quedaba un poco grande, con gran nerviosismo marque tres, veinte, veintisiete, noventa y nueve, seis, noventa y uno sentía como mis manos frías temblaban y el corazón palpitaba fuertes bombadas de sangre por todo mi cuerpo, entonces sonó:

-¡Aló!

-¡Buenas Tardes! Hágame un favor ¿el Señor Francisco Torres?

-¡Sí con él! ¿Quién habla?

-Florentina Martínez, ¿Cómo está usted Señor Torres?

-Será muy bien ¿y usted?

-¡Muy bien, sí señor. Don Francisco lo llamo porque me entere que está necesitando personal para trabajar en su boutique de ropa y me gustaría saber si es verdad.

– ¡Oh! en efecto, claro que sí venga mañana a las ocho de la mañana, lista para trabajar,

-gracias Señor Torres.

-Con todo Gusto señorita.

Como no olvidar la alegría tan inmensa que sentí ese maravilloso día viernes soleado, pues con ese pequeño trabajo suplí muchas necesidades económicas que se atravesaban por aquellos días.

Me despedí del señor Francisco Torres de manera cordial, pero la voz de aquel sujeto había generado en mí lastima, tristeza, pudor, vergüenza, y melancolía pues su voz se me hacia tan inocente y a la vez  tan tonta; sin embargo ésta era de ese tipo de vocecillas que inspiraban confianza y a la vez terror, sentí un deseo profundo de llorar y de clavarme un cuchillo que atravesara el corazón.

Después de mirarle los ojos tan fijamente a aquel hombrecito tomé la decisión de seguirlo hasta donde él se dirigiera, volví a mirarlo pero esta vez lo hice hasta la punta de sus pies su  piel era trigueña, tenía el cabello largo y descuidado como el pelo de los caballos, era tan orejón que parecía las orejas de los duendes malvados que hay en los bosques vírgenes, sus manos similares a los de un simio salvaje estaban tan llenas de callo que me dio la impresión que trabajaba en el campo arando la tierra, y aquel hombrecito vestía con un overol verde encendido y sus zapaticos eran alpargatas de caucho, tan humilde que sentí lastima por él.

Mi mente se imaginó con él lo más perverso que yo hubiera podido imaginar cuando miraba a cualquier hombre, podía sentir sus manos realizando ecuaciones  matemáticas por todo mi esplendoroso cuerpo y haciéndome el amor  tan tierno y salvajemente como ningún otro lo ha hecho, pero me dije a mí misma ¡se ve que es un vulgar! Me reí de solo imaginármelo, y él al fin miró con sus ojos negros y chiquiticos los míos y se paró del rinconcito de la silla del transmilenio en la estación de la escuela militar.

Cuando nos bajamos de aquel transporte fatigoso eran las nueve y cuarenta y cinco de la noche, del dieciséis de Octubre del año dos mil seis. Lo seguí sin que él se diera cuenta por un largo callejón oscuro, de suelo rustico, caminaba de forma como un simio, caminaba demasiado rápido, luego se dirigió por un parque solitario, tenía muy pocos columpios y los que había estaban desbaratados y encima del deslizadero había un pedazo de madera rustico con el nombre del parque “Paraíso Perdido de Santa Elena”. Había muchos pinos alrededor, se podía percibir que estos eran los guardianes de este lugar tan lúgubre y frío. Aquel hombrecito camino tan rápido que casi lo pierdo de vista, de nuevo lo volví a ver, se dirigía por otro callejón muy luminoso, las paredes eran de color mármol y el suelo de una baldosa azul oscura, todo se veía tan mágico, y aquel tonto estaba causándome molestia por su modo de caminar: lo hacía en zic-zac otras veces, recto.

Antes de salir de este hermoso callejón él no sabía qué hacer, no sabía si debía salir corriendo o enfrentar aquella mujer tan misteriosa, tan frágil y dulce que desde un buen trayecto lo ha estado observando detenidamente y ha tenido el carácter de seguirlo sin saber quién es y hacia dónde se dirige; sin embargo, él excitado por el miedo de la persecución de aquella mujerzuela se detuvo en todo el callejón, y nervioso por la sensación de sentir que lo estaban siguiendo empuño sus manos fuertemente se dirijo a mí, me miraba con tanto terror que sentí miedo, y me dirigió unas cortas frases:

-¿por qué me has estado siguiendo?, ¿Quién eres tú?, ¿Te mandaron a  quebrarme?, ¿a caso te conozco para que me estés siguiendo?, me he sentido fastidiado desde que tú te subiste en el portal del norte, no has dejado de mirarme ni un solo momento, Dime por qué lo haces, me da la simple impresión que tu eres una informante de los policías y es éste el motivo por el cual me sigues, para llevarme a la cárcel, por un homicidio que cometí sin querer ayer en la madrugada del centro de esta ciudad. Sentí un nudo profundo sobre mi garganta impidiéndome salir alguna palabra, sin embargo, logré hacerlo y le respondí: lo he perseguido todo este tiempo porque me ha parecido interesante la forma de cómo usted ha desarrollado las ecuaciones tan ágilmente; el hombrecito me contestó lleno de ira escupiéndome la cara: No, me da la impresión que tú no eres más que una loca desquiciada, sabes tu argumento no me convence ni un poco y eso de que me pareció interesante suena a algo como de ramera. ¡Acaso no te das cuenta muchacha que ya es un poco tarde, ve a tu casa!

[quote]El hombrecito me contestó lleno de ira escupiéndome la cara[/quote]

hombrecito escupiendome la cara

La forma como me habló aquel joven me provocó más miedo, mi cuerpo temblaba, mis manos de nuevo se pusieron frías y mi corazón palpitaba fuertemente, pensé que nunca debí haber seguido a este hombre, sabía perfectamente que no podría volver mas a casa; el hombrecito no me permitió decir ni una sola palabra mas y con susto en su cara me disparó en el pecho ¡taz! ¡taz! ¡taz! y mientras yo caía  al suelo azul oscuro, el infeliz salió corriendo, yo lamentaba tanto por no volver a mi humilde posada.

 

Valentina Navarro Culma

Docente en Licenciatura en Lengua Castellana

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