Juegos

Entonces, ¿Misma hora la próxima semana?, preguntó él como siempre que concluían los encuentros.

Sí, aquí como cada jueves; pronunció Margot, como se había dado a conocer hace tiempo. ¿No sería más barato para ti jugar ajedrez con tu esposa?, se atrevió a preguntar después de unos momentos.

ajedrez en un hotel

Puede ser, comentó él mientras buscaba su saco, pero jugar con mi esposa trae consigo todas esas cosas que contigo no encuentro. No exiges ser amada, respetada, atendida, ni imitas a las esposas con los lloriqueos, las reconvenciones y los celos. Puedo venir con mal genio, con el coraje de lidiar con mis clientes y no me pides que te lleve a cenar a un lugar nuevo.

 

Podemos jugar con las mentes de los que nos reciben y no tener que justificar ni un solo momento. ¿No te encanta el morbo con el que el recepcionista piensa que retozamos en la cama cuando no tenemos ni necesidad de deshacernos de las prendas?

Puedo hablar contigo con la candidez de mis años infantiles sin tener que ser el hombre respetable que todos esperan. Te ríes y sonríes sin esperar que con ello haya un favor devuelto. Me regalas los comentarios más honestos sin pensar que eso limite nuestros encuentros.

Puedo contarte tantos secretos sin mirar a otra lado ya que no me juzgas o reprendes, sólo escuchas y si es necesario, comentas mis aciertos. Bien podría amarte por ser sincero, comentó ella tras una sonrisa.

Entonces querida mía, tendríamos que abandonar el juego.

Alexandra Quiroz

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