Funny Girl, un cuento erótico de Christian Cruz

Funny girl
Según la maestra Rathilia, las arañas no atacan si no se les ataca. Pero lo que un ser vivo entiende por
ser atacado puede cambiar mucho de uno a otro. Por ejemplo, voy por la calle, feliz, porque mañana es
viernes y la Rathilia no va a dar biología a la última hora, y nos iremos desde temprano al Alfil negro,
cuando siento claramente una tela de araña que se rompe en mi cara. Mi primer reflejo, naturalmente,
es quitarme la playera de Peter Parker y azotarla contra la pared repetidamente mientras me sacudo el
cabello.

[quote]¿Dónde deben acabar estas cosas?
En un hotel.[/quote]

Pero la araña no está ahí, sino en mi hombro y parece ser del ala conservadora, porque mi
desnudez la ofende y me pega una mordida artera. Para entonces, mi presión arterial es tan alta que el
veneno recorre mi cuerpo.

Ahora, según la profesora Ruth, no existen de manera natural en el valle de México rañas con
veneno letal para un adulto, sobre todo si es alguien de talla grande. Sin embargo mi piel se enrojece y
me sobreviene una comezón intensa por todo el cuerpo ¡incluso los pies! lo cual hace muy incómodo
correr por las calles de la ciudad, sin contar que mis pezones van al aire (mal día para no usar brasier)
hinchadísimos por el veneno, o el miedo, o Christian, que me contempla desde la esquina, extrañado,
pero cuando me acerco me ofrece su chamarra sin hacer ninguna pregunta, con cara de tener todas las
respuestas del mundo.

—Ah, ah… ¡Araña! —digo finalmente, a manera de explicación.
—Está bien, yo sé —dice mientras me cierra la chamarra, para ocultar mis senos de todos los
demás, sin tocarme ni un poquito la piel al hacerlo. Pero en mi mente, él toma mi playera del suelo, y la
huele en su cama mientras se masturba oyendo a Mazzy Star.
—¡Degenerado! —¿¡Qué mamadas estoy diciendo?!
Me mira extrañado, con su cara tierna de confusión y me doy cuenta que le estoy reclamando
por mi propia fantasía.
—Ay no, perdón, ¿Qué digo? —y me refugio en su pecho, su barbilla está en mi cabeza, juraría que lo
siento sonreír.
¿Dónde deben acabar estas cosas?
En un hotel.

Algunas de mis amigas creen que deben terminar en el altar, ¡a estas alturas del siglo 21! Bueno,
yo también pensaba así hasta hace poco, pero ya concluí que aunque estoy enamoradísima ahorita, no
me voy a casar con este güey, no voy a envejecer con él, ni aunque él me ame también, simplemente
porque nuestra generación no está hecha para vivir en pareja más de tres años.
Así que no me clavo.
Bueno sí, ¡sí me clavo! ¿Entiendes? ja ja ja
Ash.
Debería darte risa.

Pero el caso es que los hoteles cerca de la escuela están sucios y, aunque eso generalmente no
me molesta… Hoy siento que podrían tener arañas. Arañas por todos lados. Así que Chris accede
llevarme a uno fino de la Condesa. Va a pasar días apretados por los 700 pesos que le estoy haciendo
desembolsar a principio de quincena, pero bueno tratándose de sexo, apretado es bueno ¿o no? ja, ja,
ja. Paf. Chris sí piensa que es divertido.

Una araña radioactiva le da a Peter Parker súper fuerza y súper resistencia. También lo hace
pasar de nerd a galán, más o menos. A mí me ha puesto la piel de gallina, hipersensible a cada caricia,
los pezones endurecidos desde hace más de cuarenta minutos y un cosquilleo alegre cada vez que Chris
me da una nalgada. ¿Se puede pedir más? ¡No había tenido una cogida tan buena desde que acomodé
la “j” en triple tanto de letra! ¡Nadie dijo nada! Ok, no más chistes.
Amargado.

Pues ahí estaba yo, cabalgando la dureza de mi hombre con la piel tan sensible que sentía cada
gota de sudor recorrer mi espalda como unos pequeños labios, agradeciendo cada caricia que Christian
hacía desde la base de tu miembro hasta mi ombligo, y viendo cómo el techo del cuarto se desvanece,
cuando una explosión caliente dentro de mí desata el más intenso orgasmo de la tarde ¡pero qué rico!
¿Explosión caliente he dicho? ¡Mierda, se reventó el condón! (“y cómo no”, agrega Chris, pálido y
desencajado por el esfuerzo de 2.7 horas de continuo metesaca).
Las pastillas de emergencia cuestan doscientos cuarenta pesos en la farmacia de la esquina, nos
informan. Doscientos cuarenta pesos, impensables después del teatrito del hotel finolis.

— ¡Maestra Ruth! ¿Cómo está?

¿Te he contado que Ruthilia es mi mamá? Bueno, no importa, lo que importa es que no le conté
a Chris, pero él sabe que me llevo bien con ella y le parece buena idea pedirle pastillas, porque justo
esa semana las llevó para su clase sobre métodos anticonceptivos (no he vuelto a ver a papá igual
desde que nos enseñó a poner un condón sobre un gigantesco pepino).

—Es que tuvimos un accidente…
Apenas me iba bajando el enrojecimiento por la mordedura, y otra vez se me subieron todos
los colores.

¡Claro!, ahora sí te estás riendo.

Christian Pastor Cruz, conocido en Google como el ingeniero más guapo del mundo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *