En la esquina de la habitación

Escuchas. Crees que estás imaginando cosas, piensas ya deberías dormir un poco, pero el ruido vuelve a exigir tu atención, te obligas a creer que es tu mente jugándote una mala broma. Solo hasta que sientes una cálida brisa soplando tu nuca, es que por fin crees, y solo hasta ese momento, sabes que es demasiado tarde para salir corriendo de tu cuarto.

mujer sufriendo pesadillas, en la esquina de la habiaciónPrimero te encoges dentro de las sabanas, procurando pensar en cualquier cosa que no sea aquel ruido que atormenta tus oídos; intentas recordar la melodía de aquella pegajosa canción que cantabas con tus amigos, cerrando los ojos con suficiente fuerza, como para ver un par de brillos a través de ellos. Es la luz de la calle filtrándose por la ventana, o por lo menos esa es la mentira que te dices para relajarte y olvidar las extrañas cosas que comienzan a darse a tu alrededor.

Un fuerte chirrido provoca que saltes, levantándote de la cama y mirando toda la habitación, lo suficiente como para notar que algo no está bien dentro de ella. Dos de tus libros, antes ordenados en el librero del fondo, se encuentran tirados en el piso, a escasos metros de tu cama. Uno se halla abierto en la página 62, el otro, está cerrado, pero parece señalar un párrafo de la página con uno de sus bordes.

Sabes que no debes tocarlo, estas consiente de que si lo haces podría ocurrir otra cosa, cualquiera, y esta vez no te salvarían las sabanas de ver. Claro, tu curiosidad y tu terquedad son más fuertes que el miedo y alzas ambos libros, sosteniéndolos en alto mientras lees una y otra vez, la sencilla frase frente a ti.

“Una barrera muy fina de romper”

Continúas la lectura de la frase, consciente de que tu respiración comienza a volverse acelerada, tus manos tiemblan incontrolablemente e intentas por todos los medios no apartar la vista del papel. Se hace evidente cuando traspasas la delgada línea entre la calma y la histeria, lanzando ambos libros hacia enfrente y mirando con ojos vidriosos tú alrededor. Tu pecho sube y baja de manera incontrolable y tus pupilas se mueven alocadas dentro de tus cuencas oculares.

Pasa el tiempo y no ocurre nada más, tus facciones se relajan y poco a poco vuelves a recobrar la calma, acompasando tu respiración y tomando la sabana que se corrió a un costado de la cama con tu anterior perdida de razón, cubres tu cuerpo y tu rostro con ella, listo para conciliar una vez más el sueño.

Lástima que no sepas que me gusta jugar con mi comida antes de comérmela.

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