EL OJO DE TIRESIAS

bloody_tiresiasEl camino fue tomando una dirección poco certera, más bien azarosa, a medida que sus pasos iban presentándose con impaciencia sobre el piso húmedo de aquel callejón de luminosidad ausente.

Tocó su bolsillo para asegurarse de que todo estaba en su lugar, que la caja hexagonal de medidas abreviadas y estrechas aún estaba con él.

Escasas gotas de agua, residuos de una inesperada tormenta, presenciaban su  tránsito en las inmediaciones de aquellas paredes descarapeladas y enmohecidas.

De la espalda brotaba un sudor frio que se confundía con la humedad de las horas; su sombra, apenas cobijada por la luz de la luna, se perdía entre charcos y el eco de sus pasos.

Le había tomado cinco días  trasladarse hacia ese lugar, cinco días en los que su mente divagaba entre el miedo, la indecisión y el constante tormento de las visiones que llegaban a él como el golpe de un martillo sobre el asfalto.

El Ojo, así era nombrado aquel estuche de forma peculiar, aspecto rojizo y  superficie metálica que llevaba consigo. Una rareza del mundo antiguo, cuyas incrustaciones parecían anunciar el eminente maleficio de un horror sin nombre.

Pedro, quien por circunstancias de un designio inicuo llevaba a cargo la tarea de transportar aquel objeto, purgó una condena de incidentes catastróficos. La pérdida de su esposa en un vertiginoso accidente de carretera y la rara enfermedad que tenía en estado de coma a su hijo habían sido los últimos acontecimientos que se situaban lejos de toda  lógica o de una eventual coincidencia.

El incansable andar había trasladado el cuerpo de aquel hombre de escasos treinta y dos años hacia las calles laberínticas de Kárpatos, en las escarpadas tierras del Archipiélago del Dodecaneso. El Ojo tenía que ser llevado ahí para ser sepultado en el lugar donde fue concebido, donde los monjes fabricaron sus secretos bajo la imagen de Tiresias y el estigma de Pandora.

Una caja que encerraba el futuro y desencadenaba el encuentro con la calamidad.

Cuentan los de antaño, que dicha caja concebía poderes y encantos a quien la poseía, pero que el precio a pagar era demasiado cruel y despiadado. El intercambio por dichos dones consistía en presenciar la invasión de la muerte en todo aquello que se ama, desencadenando una avalancha de lamentos que culminaban en el  exterminio absoluto del mundo que se habita. Una especie de Ragnarök, donde el puente hacia otros universos se extendía hasta los confines de la tierra, gestando una batalla, una guerra inimaginable para todo mortal, y con ello el fin de todo cuanto se nombra.

La puerta al final del pasillo apareció frente a él como una enorme pregunta, un acertijo impregnado de dolor y olvido.

El crujido intoxicó aquel silencio, aquella soledad auditiva que invadió sus sentidos como una melancolía que nacía desde el fondo de un abismo. Cruzó aquella puerta vieja de madera. Atravesó sus límites, hasta llegar al pozo, la boca que había alimentado la bestialidad de aquel objeto mortuorio de seis lados. Lo tomó con la mano izquierda para arrojarlo a las fauces de esa obscuridad. Pero antes se detuvo un segundo para verlo, para apreciar por última vez la causa de aquel viaje infructuoso. Sus pupilas parecían dilatarse ante la simetría y pequeñez casi insignificante, ¿cómo aquello podría acarrear tantas penas?, ¿cómo eso, de trivialidad aparente, había destruido su vida en forma  paulatina y eficaz?

Todo parecía acabar ahora. Y fue en ese momento, en el que tomaba el ojo con furor y venganza, con miedo y rabia, cuando una luz escapó de manera repentina dentro de la profundidad del agujero que se postraba delante de sus pies. La luz lo cegó por completo, se dejó caer sobre sus rodillas, y su mano ardió como la saliva de un volcán; el ojo de un color encarnado rodó por el piso vaticinando lo impensable.

Tiempo, furia y escarlata, un tornado de penurias anunciaba su llegada como la colisión de un sol de mil estrellas. Pedro, yacía en el piso, pálido, paralizado por el terror y totalmente ciego. Una última visión llegó hasta él, como el rayo de Zeus.

 

Un campo árido, grisáceo y empedrado bajo un cielo lánguido, y oculto entre el humo de las detonaciones apocalípticas, era el cementerio de cientos de cuerpos que se consumían por el viento y la memoria de un mundo que hoy… llegaba a su fin.

Marcelino Champo

10 comentarios sobre “EL OJO DE TIRESIAS

  • el enero 3, 2012 a las 7:15 pm
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    eeeeeeeeee de lujo!

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  • el enero 3, 2012 a las 7:22 pm
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    SOMBRIO E INKIETANTE… DE LUJO!

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  • el enero 3, 2012 a las 7:41 pm
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    Hay nanita pior que las profeisa mayas me dajastes, chingon amigo felicidades, eres grande!

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  • el enero 3, 2012 a las 11:22 pm
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    leeanlo y denle me gusta!

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  • el enero 4, 2012 a las 9:41 pm
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    Suerte!!!!!

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  • el enero 7, 2012 a las 7:18 pm
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    Intenso. Me gustó. Creo que le faltaron unos minutos de final, considerando que el inicio fué más extenso. No entendí si su familia se salvaba después de esto… o por esto.

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  • el enero 8, 2012 a las 3:52 am
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    Estpendo me quede con ganas de mas cuento..!!!

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